EVOCACION DE MI TIO RAFAEL LAPESA MELGAR

Escrito enviado por Eloísa Palomar Álvarez

(Transcripción original con su consentimiento)

Mi tío abuelo, Rafael Lapesa, nació en Valencia, en el año 1908. Su padre fue maestro (lo que hoy se llama Profesor de Enseñanza Primaria). Según supe por mi propio tío, mi bisabuelo sentía una vocación tan fuerte por la enseñanza, que perdió todo el patrimonio familiar en la quijotesca tarea de fundar colegios por todo el territorio español (en su memoria hay una calle en Sueca dedicada a él).

Mi tío fue el único varón de sus hermanos (antes habían muerto dos niños también llamados Rafael). Quizás debido a ello, sus padres y sus hermanos le sobreprotegían, y no le dejaban salir a la calle a jugar ni a ninguna otra cosa. A consecuencia de esto, él se volcó en la lectura, y de ahí nació su afición por la Lengua y la Literatura españolas.

Cuando él me contaba esto, sin ninguna amargura por su parte, yo pensaba que, en su caso, se cumplió el dicho de que “no hay mal que por bien no venga”.

Mi tío Rafael estudió el Bachillerato en el “Instituto Cardenal Cisneros”, que por entonces era el único que existía en Madrid, junto con el “San Isidro”.

Cuando, mucho después, yo obtuve mi cátedra en dicho Instituto, y le comentaba ciertas “fechorías” de los alumnos, él me respondía:

“En mis tiempos también hacíamos de las nuestras: Jugábamos al balón en los descansillos de la escalinata y nos lanzábamos por las barandillas como por un tobogán”. (Espero que al leer esto, no tomen ideas los alumnos actuales).

Ya en la Universidad, fue discípulo de Don Ramón Menéndez Pidal, y, muy pronto, éste le tomó como su estrecho colaborador, haciendo así justicia a su gran vocación e inteligencia.

Tengo que hacer un paréntesis aquí para recordar que Don Ramón también había estudiado en el “Cardenal Cisneros”, así como su mujer, Dª María Goyri Goyri (ambos, como es lógico, en una época anterior a la de mi tío. De esto último da testimonio la lápida de mármol que se halla en un lugar muy visible de la hermosa escalera principal.

Don Ramón Menéndez Pidal había puesto los cimientos de muchos de nuestros conocimientos actuales en materia de Lengua y Literatura españolas. Recordemos sus estudios sobre historia del español, sobre los orígenes de la épica, de la lírica… Como prueba de su devoción por estos saberes, a mí me resulta muy simpática la siguiente anécdota:

En su luna de miel, Don Ramón y su esposa María, realizaron un recorrido (unos trayectos a pie y otros a lomos de un burro) por la ruta del “Mío Cid”. Yo he visto fotos de dicha epopeya. ¡Qué entusiasmo hay que tener para eso!

Volviendo a la biografía de mi tío Rafael, después de obtener el Doctorado con una tesis sobre el Bable (dialecto medieval todavía hablado en Asturias), ejerció como catedrático de Instituto durante varios años. Tras la guerra civil, le destinaron a Salamanca en un disimulado exilio, a causa de los intelectuales vinculados a la Institución Libre de Enseñanza mal vistos por ser “demasiado liberales”.

Después volvió a Madrid, y obtuvo una Cátedra en la Universidad Complutense. Muy joven, pasó a formar parte de la Real Academia de la Lengua Española, de la que llegó a ser secretario perpetuo y Director. También perteneció a la Real Academia de la Historia.

Viajó por numerosos países, dando cursos y conferencias. Escribió muchísimos libros, entre los que cabe destacar su “Historia de la Lengua Española”, que, en palabras del académico Don Manuel Seco, es todavía un “best seller”, y “El español moderno y contemporáneo”, que según otro académico, Don Francisco Rico, puede llegar a serlo en el futuro.

Su labor fue reconocida con numerosos títulos y condecoraciones: le dieron el Premio Príncipe de Asturias, la Cruz de Isabel la Católica, la de Alfonso X el Sabio…  Era Doctor “Honoris Causa” por muchas universidades de todo el mundo…

¡En fin! La lista de sus méritos resultaría imposible de reflejar aquí.

Yo quiero rememorar ahora algunos aspectos de su talante humano, como persona de su familia, que le conoció de cerca y le trató a lo largo de muchos años. Para ello voy a evocar a continuación algunos de los comportamientos suyos que más me impresionaron:

Le gustaba contar algunas historias de nuestros antepasados. Por ejemplo, la de “el tío Ángel, el héroe familiar”, que luchó en la guerra de África. era amigo personal del rey Alfonso XIII, el cual, cuando murió en combate, mandó que le erigieran un monumento en la Plaza de Oriente. Hoy se encuentra aún en este lugar, con unas letras grabadas en que se lee: “Al Capitán Melgar – Melilla, 1909″.

Le encantaba la docencia. Cuando algún periodista le preguntaba qué tal había soportado impartir tantas clases a lo largo de su vida, él respondía con una sonrisa ilusionada:

– “¿Soportar? ¡Al contrario! Para mí ha sido estupendo poder enseñar; ver en la cara de mis alumnos el interés por aquello que yo les explicaba ¡Qué maravilla!”

Prueba de esto es el cariño y la admiración con que le recuerdan aquellos que fueron sus discípulos. Su casa en “la profesora” de Isaac Peral estaba abierta a todos ellos; allí les recibía amablemente, les trasmitía su magisterio y su entusiasmo por el saber, les animaba a investigar…

Vivió más de noventa años, y hasta los noventa mantuvo una enorme actividad. Muchas veces, a una edad ya avanzada, venía caminando desde la Real Academia hasta su casa.

Era un gran optimista: con más de ochenta años retomó una ingente tarea que había comenzado en su época como discípulo aventajado de Menéndez Pidal: El “Glosario del léxico hispánico de los siglos VIII al XII”, esta vez en estrecha colaboración con mi padre, Manuel Palomar Lapesa, que había heredado su vocación investigadora. Hace pocos días asistí a la presentación oficial de la primera edición de dicha obra en la Academia, lo cual resultó para mí muy emocionante.

Poseía un gran sentido del humor, una fina ironía que le servía para suavizarlo todo. En los últimos tiempos de su grave enfermedad, ya inmovilizado sin remedio en el lecho, cuando le íbamos a visitar y le encontrábamos comiendo, él preguntaba con traviesa cortesía: “¿Ustedes gustan? Aunque, la verdad esto no está demasiado bueno”.

Todos reconocían en Rafael Lapesa su rectitud de carácter, su honradez intachable. Uno de sus numerosos amigos ilustres, Jorge Guillén, le dedicó un poema que finaliza así:

“Y con su simple temple de sonrisa

– “Hombre esencial” dijeron los antiguos –

estudiando palabras y poemas

es el docto en su quid:

Ninguno más humano.

Con linterna a lo Diógenes

buscad sus pares, pocos”.

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